Magazine de La Vanguardia

Adaptando
Il·lustració per a l’article de María Dueñas a la revista Magazine de la Vanguardia. 2012.


Hace poco, en un vuelo de México DF a Madrid, mi compañero de asiento
–un señor argentino de lo más discreto– no pudo contener ni un minuto más su curiosidad y rompió el silencio que entre ambos manteníamos desde que despegamos. “Debe de ser fascinante”, dijo. “¿Perdón?”, repliqué alzando la vista. “El libro que está leyendo, que debe de ser fascinante…”, insistió.

A pesar de las muchas horas que nos quedaban por delante, su interés por mi lectura no era una excusa banal para pegar la hebra y hacer así el viaje más llevadero. Lo suyo era auténtica y legítima curiosidad. ¿Qué será lo que mantiene tan absorta a esta mujer –debió de pensar mi vecino– que cena pinchando a ciegas del plato, que ha estado a punto de verterse encima la copa de vino por agarrarla sin mirar, y que la azafata tiene que dirigirse a ella tres veces cada vez que quiere ofrecerle algo? Le mostré la portada. La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri. El libro en el que se basó la soberbia película de Juan José Campanella El secreto de sus ojos –Oscar al mejor filme extranjero en el 2010– con ese Ricardo Darín que cuantos más años cumple más nos enamora, una espectacular Soledad Villamil que se come la pantalla y un plantel de secundarios para hacerles la ola.

Aterricé con el libro terminado y un gran sabor de boca, y no precisamente por el desayuno que nos sirvieron. La razón era otra. Doble, además. En primer lugar, porque, igual de hermosa y conmovedora que en el cine, me resultó entre palabras esta historia de perdedores sentimentales, amores silenciados y heridas que nunca dejan de sangrar. Y, en segundo, por la armonía que percibí entre el texto escrito y la película en la que posteriormente se volcó, habiéndose conseguido paralelamente en ambos casos productos narrativos de enorme calidad.

En el caso de las adaptaciones, muy raramente valoramos la calidad estética de una película por encima de la obra literaria en la que se basa. ¿Por qué? Quizá porque no nos gusta que nos simplifiquen las tramas. Quizá porque notamos que con ellas se pierde parte del alma del texto escrito, porque creemos que su lenguaje es menos evocador, o porque nos constriñe a quedarnos con lo que vemos y limita la posibilidad de dar rienda suelta a nuestra imaginación. A mano tenemos evidencias de todos los colores: desde lectores que se sienten defraudados, hasta autores disgustados y un buen montón de novelas magníficas que han sido penosamente destrozadas al ser vertidas a la pantalla.

Pero también es cierto que en ocasiones se logra alcanzar un buen equilibrio con adaptaciones más que dignas. A veces, incluso, la versión cinematográfica supera al texto y se logran magníficas películas a partir de libros de calidad más limitada. Ejemplos legendarios que todo el mundo cita siempre son El Padrino o Alguien voló sobre el nido del cuco. Y acuérdense, por lo que más quieran, de ese Clint Eastwood en Los puentes de Madison, una novelita de pocas páginas y valía literaria cuestionable a pesar de su gran éxito comercial, que él y Meryl Streep engrandecen hasta convertirla en una de las más hermosas historias de amor que hemos visto en las pantallas.

El recuerdo de esta simple anécdota aerolectora y mis posteriores reflexiones me han venido a la cabeza porque hace un par de días asistí al visionado del primer capítulo de la serie basada en mi novela El tiempo entre costuras. ¿Que qué me pareció, dicen? Aunque los productores, la cadena y mi tropa ya conocen mi opinión, permítanme reservármela públicamente de momento. Pero ya les contaré…